“Asesor Espiritual”

¿Para qué un asesor o acompañante espiritual en el colegio Alvernia?

Acompañamiento y maduración personal

Todo proceso de crecimiento humano está condicionado por la historia vivida, las relaciones que se tienen, los planteamientos nuevos y la forma de proyectar el futuro.

La persona está en un contexto sociocultural que le condiciona positiva y negativamente; la celebre frase de ortega y Gasset “yo soy yo y mi circunstancia” es plenamente válida. Al mismo tiempo, la fe cristiana afirma que la salvación de Dios puede hacerse presente en cualquier situación como llamada liberadora o como afianzamiento de humanización. Tarea tan completa que no puede ser abordada individualmente; si en todo necesitamos maestros, mucho mas en los aspectos relacionados con la maduración personal, el sentido de la vida, la relación fe- vida, el discernimiento y el proyecto de la vida.

La mediación de creyentes adultos- que una a la fidelidad de vida, el conocimiento psicopedagógico de la relación de ayuda y el carisma personal del acompañamiento espiritual. Es insustituible en la pastoral juvenil –vocacional. No se trata de prescindir de la función decisiva del grupo en los itinerarios catecumenales, sino de completar con el acompañamiento personal todo lo que se descubre y vive en el grupo de fe.

¿Qué es y qué no es el acompañamiento o dirección espiritual?

El acompañamiento espiritual es una práctica muy antigua en la tradición judeo- cristiana como un medio para encontrar a Dios.

Por tanto, no debe confundirse con otras realidades humanas, que utilizan nombres similares: en el lenguaje de la Iglesia dirigir, acompañar espiritualmente tiene un sentido propio y específico.

"Dirigirse espiritualmente" no consiste sólo en desahogarse psicológicamente, como se hace en el marco de la amistad.

No es tampoco una simple búsqueda de consejo, como la que realizan tantas personas que acuden a los consultorios de las revistas, a las consultas de los médicos, y a los programas de radio y de televisión para “contar su caso” y buscar orientación.

Si se reciben esos consejos con sinceridad y humildad resulta más sencillo descubrir en la conciencia, mediante la gracia y la oración, la luz y las llamadas de Dios para cada uno.

Una imagen clásica en la literatura espiritual: la luz del faro indica los escollos y, sobre todo, la ruta y el puerto; pero, para alcanzarlo, los navegantes deben hacer fuerza con los remos, o aprovechar los vientos favorables con las velas, y sostener y rectificar el timón.

Estas conversaciones se dirigen, al mismo tiempo, a la inteligencia -para que esté iluminada por la fe viva, y descubra con esa luz el camino personal y los medios adecuados para recorrerlo-, y a la voluntad, para afirmarla de tal forma que pueda corresponder libre, personal, responsable y generosamente a los impulsos de la gracia.
Hay que tener siempre presente -y los santos nos lo recuerdan eficazmente con su ejemplo- que el verdadero y único modelo de la santidad cristiana es Jesucristo, y que toda labor de acompañamiento espiritual consiste en procurar que cada cristiano tenga una amistad personal e íntima, de verdadero amor, a su manera, con Cristo, hasta querer identificarse con El, "en la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rom. 8, 21).

 

¿Qué se busca con el acompañamiento espiritual?

Se busca fundamentalmente un medio para identificarse con Cristo, una ayuda, un apoyo sobrenatural y humano en el camino personal de santidad, de acuerdo con la propia vocación divina.

Son indudables los grandes frutos que esa ayuda ha generado en muchas almas de todas las épocas, como se constata en las vidas de los santos de la Iglesia: Santa Teresa, san Francisco de Sales, san Alfonso María de Ligorio, San Juan Bosco... hasta los santos de nuestra época.

El acompañamiento espiritual debe ser siempre una llamada a enfrentarse personalmente con la propia conciencia; y también y ante todo, un estímulo para la práctica efectiva del bien, junto con una apertura de horizontes evangelizadores. Debe ser, además, aliento en los momentos difíciles, luz en momentos de confusión y consuelo en el dolor.
 
En este acompañamiento no se trata de imitar al director espiritual o a la persona que acompaña (aunque el buen ejemplo acerque tanto a Cristo), sino de imitar a Cristo, mediante el aliento del que acompaña. Por eso el director espiritual debe huir de cualquier tipo de personalismo del que ya hablaba san Agustín (Trat. Evang. S. Juan, 123). “Los que conducen las ovejas de Cristo como si fuesen propias y no de Cristo, demuestran que se aman a sí mismos y no al Señor”.
 

P. Aníbal José Jaraba Gómez